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Ética y Comunidad

Lo que Cuesta Creer: Transparencia y Ética Económica en las Ceremonias de Iniciación

Esteban Fuentes Maldonado
Lo que Cuesta Creer: Transparencia y Ética Económica en las Ceremonias de Iniciación

Photo: manos contando billetes sobre mesa con velas rituales santería, via hips.hearstapps.com

Un tema que incomoda y que conviene hablar

En la tradición lucumí, como en casi toda religión con liturgias complejas, el dinero aparece en algún momento del camino. Se necesita para adquirir materiales, para alimentar a los participantes, para desplazar a los sacerdotes que ofician y para sostener las casas que custodian el conocimiento. Sin embargo, rara vez se habla de ello con claridad, y ese silencio es terreno fértil tanto para el abuso como para la desconfianza.

Abordar la cuestión económica no rebaja la religión ni la convierte en un negocio; al contrario, la protege. Una comunidad que sabe explicar cuánto cuesta un ritual y por qué está en condiciones de distinguir el coste legítimo del aprovechamiento.

Qué se costea realmente en una ceremonia

Conviene descomponer la cifra. En una iniciación intervienen, por un lado, los materiales: telas, herramientas, soperas, alimentos, animales de sacrificio, elementos de limpieza y bebidas. Por otro, el trabajo de las personas: los sacerdotes que ofician, los olorishas que cantan y tocan, quienes preparan la comida y quienes se desplazan desde otra ciudad. A ello se suman el alquiler del espacio cuando la casa no dispone de uno adecuado, el transporte y los días de dedicación exclusiva.

Nada de eso constituye un pago por la deidad. Los orishas no se compran ni se venden. Lo que se costea es la infraestructura humana y material de una ceremonia que, por su propia naturaleza, requiere muchas manos y una logística considerable.

Coste, derecho y abuso: tres conceptos distintos

El coste es lo que cuesta. El derecho es la cantidad acordada por el trabajo sacerdotal, un concepto tradicional en muchas casas que retribuye el tiempo, el conocimiento y la responsabilidad de quien oficia. El abuso, en cambio, es otra cosa: es la exigencia desproporcionada, la presión, la cifra que aparece a mitad del proceso o la promesa de resultados a cambio de un pago adicional.

La frontera entre los tres conceptos no siempre resulta evidente para quien se inicia, y precisamente por eso conviene formular preguntas antes y no después.

Señales de alarma que conviene atender

Ciertas conductas deben encender la alerta: presupuestos que se incrementan sin justificación una vez comenzado el proceso; la afirmación de que sin un pago inmediato sobrevendrá una desgracia; la exigencia de bienes personales, joyas o propiedades; la promesa de resultados garantizados —amor, dinero, salud— a cambio de una cantidad concreta; el aislamiento del ahijado respecto de su familia o de otras casas religiosas; la negativa a explicar el destino del dinero o a presentar un desglose mínimamente razonado; y la urgencia fabricada, ese «tiene que ser esta semana» que impide pensar con calma.

Ninguna de estas señales es, por sí sola, prueba de fraude. Pero su acumulación dibuja un patrón que merece ser nombrado en voz alta.

Los derechos del iniciado

Quien se dispone a recibir una ceremonia tiene derecho a saber, con antelación razonable, cuál será su alcance y cuánto costará; a conocer un desglose de partidas; a saber quiénes intervendrán en el ritual; a fijar una fecha que le permita reunir los recursos sin endeudarse; a preguntar y a obtener respuestas comprensibles; a la confidencialidad sobre su historia personal; a no quedar retenido por obligaciones económicas que no aceptó; y, sobre todo, a decir que no y a aplazar la ceremonia sin que ello se interprete como falta de fe.

El padrino o la madrina tiene, correlativamente, derecho a un trato respetuoso, a que su trabajo se valore y a que el compromiso adquirido se cumpla en los términos convenidos.

Construir transparencia entre padrino y ahijado

La transparencia se construye con conversaciones incómodas sostenidas a tiempo. Antes de iniciar el proceso, conviene acordar por escrito —aunque sea en un mensaje— qué incluye la ceremonia, qué partidas se cubrirán, en qué plazos y quién administra el dinero. Si la casa lo permite, es sano que el ahijado participe en la compra de algunos materiales y compruebe de primera mano en qué se emplea lo aportado.

También resulta útil normalizar el ahorro previo. Una ceremonia no debería financiarse con deudas que comprometan la estabilidad del iniciado durante años: el propósito del ritual es abrir camino, no cerrarlo con una carga económica prolongada.

La ética como forma de respeto

Hay una idea que circula en muchas casas y que resume bien el criterio: la religión no se vende, pero tampoco se regala a costa de quien la sirve. El equilibrio entre ambas afirmaciones exige madurez de todas las partes y, sobre todo, una conversación franca sobre lo que se aporta y lo que se recibe.

Una comunidad que explica sus costes, que documenta sus acuerdos y que rechaza la presión económica no pierde sacralidad: la gana. Porque la confianza es, en el fondo, la materia prima de toda relación de padrinazgo, y cuando se rompe, ninguna ceremonia puede restaurarla.

Hablar de dinero para cuidar la fe

Nombrar el tema no profana la tradición: la protege. El devoto informado, que pregunta sin vergüenza y acuerda con claridad, defiende su propia fe y contribuye a que las casas religiosas sigan siendo espacios de transmisión y no de sospecha.

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